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reseñas

La rata en llamas. George V. Higgins.

Escrito por sopadeganso 09-04-2014 en literatura. Comentarios (0)


George V. Higgins son los diálogos. Sí, así de simple. Las voces de sus personajes divagando tienen algo de poético, a pesar de la concentración de tacos y palabrotas en cada frase.
Hay una musicalidad, un ritmo, que entra por los oídos.  A veces ni si quiera podríamos llamarles diálogos, porque se convierten en auténticos monólogos que intercambian los distintos actores de las historias. No se observa demasiada acción para ser novela negra, pero te dejas llevar por esos intercambios de palabrería geniales.  No existen apenas las descripciones.  ¿Para qué? No hace falta.

Sin embargo, sus historias huelen a realidad y a calle. Y es que Higgins (1933-1999), empleado de la oficina del Fiscal de Boston durante bastantes años, sabía muy bien de qué hablaba. En el caso de La rata en llamas, su trama plantea además una cuestión social controvertida: un casero que no consigue que sus inquilinos, todos ellos familias de color, consigan pagarle el alquiler y decide prenderle fuego al edificio para cobrar el seguro. Las posiciones de los personajes muestran planteamientos sociales opuestos y no reducibles a una postura general de blanco o negro. Podría parecer que Higgins no se moja, al ceder la palabra de un modo neutral: desde la preocupación del casero por ver perder el valor de una propiedad que le costó una importante inversión, a la de la esforzada familia que paga su alquiler religiosamente a base de todo tipo de privaciones, pasando por el inspector de incendios corrupto y cansado de su mediocre vida, hasta el senador preocupado por su electorado de color. Tal vez el desenlace final permite deducir un cierto posicionamiento del autor ante la cuestión.

Y esta quizás es la novedad de La rata en llamas en relación con el gran trabajo de éxito de Higgins, “Los amigos de Eddie Coyle”, llevada al cine en su día e interpretada por Robert Mitchum.
Se trata de una novela social. Quizás ese es el camino que ha elegido la novela de contenido social para no desaparecer, el transmutarse en novela de género. Francamente, merece la pena.

Tarantino bebió de Higgins para los diálogos de sus películas. Sí, el diálogo sobre las hamburguesas al principio de Pulp Fiction, eso es Higgins en estado puro. Elmore Leonard lo leía todos los días antes de ponerse a escribir para dejarse imbuir por su “verdad y cadencia”. Otros como Dennis Lehane o Pelecanos (entre otras muchas  cosas: The Wire) siguen su estela.

 

 


El estandarte. Alexander Lernet-Holenia

Escrito por sopadeganso 21-03-2014 en literatura. Comentarios (0)

“¿Qué había ocurrido para que el mundo cambiase de tal modo? ¿Pero acaso realmente había cambiado? Seguía teniendo el mismo aspecto de siempre; los campos, las casas, el cielo y la luna eran como antes, pero algo detrás de las cosas había cambiado; lo visible permanecía igual, pero lo invisible era distinto; en el interior de las gentes el mundo cambiaba, se disolvía, se hundía; cada uno lo sentía, aun no siendo más que un campesino polaco que no había visto nada del mundo, o si lo había visto no lo había observado. Era un fin del mundo. ¡Cuántas veces ya se había hundido el mundo! ¡Era increíble que todavía siguiera en pie!”

Se dice que la decadencia de un imperio suele dejar como herencia una época dorada en las artes y las letras.  Y así lo parece en el caso del Imperio Austro-Húngaro, ya que en los años que siguen a su caída creció una de las generaciones literarias más fértiles de Europa. Sin pensar demasiado, se nos vienen a la mente nombres como Joseph Roth, Stefan Zweig o Robert Musil. En sus obras, de un modo u otro, siempre late un hecho: el pertenecer a un mundo que ya no existe.  Y es que la caída de este imperio, aunque ya albergase algunas de las semillas de su propia destrucción, se produjo en tan sólo cuatro años, los que duró la Primera Guerra Mundial. Su desaparición no sólo alteró las fronteras de Europa de la forma más drástica desde las guerras napoleónicas, sino que con él se evaporó el que había sido referente mental  de unos cuantos millones de personas durante varios siglos.

Curiosamente, uno de los autores que vivió esta desaparición más de cerca fue Alexander Lernet-Holenia que, aunque hoy en día no sea un autor demasiado conocido entre el público de habla hispana, fue uno de los literatos austríacos de más éxito en su tiempo.  Y es que Lernet-Holenia, por su condición de aristócrata y de oficial en la Primera Guerra Mundial (curiosamente, también lo fue en la Segunda), vivió la desintegración de ese mundo desde el centro mismo del cogollo. Alexander Alexander Marie Norbert Lernet  (1897-1976), nació en Viena, hijo de la baronesa Boyneburgk-Stettfeld. Después de finalizar sus estudios de instituto, se matriculó en Derecho en 1915, pero por poco tiempo, al alistarse como voluntario para la guerra.  Además de novelista, también se dedicó a la poesía,  al teatro y a los guiones cinematográficos. Sus obras más conocidas son El Estandarte (1934), El Barón Bagge (1936), Marte en Aries (1941), El Conde Saint Germain (1948), El Conde Luna (1955).  Falleció en Austria, en 1976.

Pero de todas sus obras,  El Estandarte es la que mejor refleja el fin del imperio. La trama se desarrolla en su mayor parte en los meses de octubre y noviembre de 1918 en la ciudad de Belgrado y en la línea del Danubio. Se trata de un frente menos conocido para el público occidental y por ello más interesante.  La constante presión de los aguerridos serbios, apoyados por un importante avance aliado a mediados de septiembre  han derrumbado las líneas austríacas (en el momento transucrre la acción, Bulgaria ya se había rendido). Sin embargo, en medio de ese desastre, un joven oficial austríaco destinado en el Estado Mayor se enamora perdidamente de una desconocida durante la representación de una ópera en Belgrado. Su osada irrupción en el reservado le conlleva su destierro al regimiento de húsares María Luisa, que se ha apostado al otro lado del Danubio, a la espera de reforzar el frente.

A partir de ahí, Lernet-Holenia nos va mostrando el contraste entre el ornato y la pompa de la oficialidad con un ejército ya prácticamente derrotado, en el que los lazos de lealtad de unos soldados de orígenes étnicos muy diferentes, comienza a flojear.  En medio de los distintos acontecimientos surge la figura del estandarte del águila de los Habsburgo, que para el protagonista, se convertirá en una obsesión, rivalizando incluso por su interés por la joven que conoció en Belgrado. Ese estandarte se convertirá en la metáfora de toda la historia, un símbolo de un mundo en descomposición, al que el protagonista se aferra hasta la locura.

Porque si hay algo que manejaba muy bien Lernet-Holenia son los símbolos. Sus descripciones de la naturaleza están repletas de presagios de lo que sucederá y el paisaje parece la segunda piel por la que respira el protagonista. Como un gran impresionista, capta las sensaciones y las traslada al papel, con un estilo conciso, aunque impregnado de un ligero lirismo.

La narración de los hechos, en primera persona, tiende a la objetividad, incluso en lo más truculento, aunque sin recrearse en ello. Tampoco lastra la narración con sesudas reflexiones, aunque algunas de sus pinceladas son auténticas cargas de profundidad para el alma. No emplea diálogos ingeniosos, sino más bien funcionales. Sus personajes, si bien no siempre demasiado profundos, resultan curiosos, incluso extravagantes.

Como aspectos negativos, en ocasiones me pareció repetitiva de algunas acciones y lenta, pero esta impresión desapareció a medida que avanzaba en la lectura, cada vez más adictiva.

En definitiva, creo que ha sido un gran acierto por parte de Libros del Asteriode el “redescubrimiento” de este gran autor y más con la calidad habitual de sus ediciones.